¿POR QUÉ, BENNY, POR QUÉ?
Fredric Brown
El tiempo era
frío, húmedo y con niebla, pero ella iba equipada convenientemente. Encima de
una falda de punto y un jersey, llevaba una trinchera de hombre; mejor dicho,
de muchacho, ya que pertenecía a su hermano de catorce años, a quien se lo
había pedido prestado para ir aquella noche al cine.
Generalmente,
no acostumbraba a llevar pañuelos en la cabeza, porque decía que esto la hacía
parecer una pobre emigrante, pero aquella noche se lo había puesto para proteger
sus rubios cabellos de la neblina húmeda que amenazaba convertirse, de un
momento a otro, en escarcha.
Calzaba zapatos
oxford, de color marrón, con tacones cubanos, y medias escocesas que le
llegaban justo debajo de las rodillas. No se podía ver qué llevaba bajo la
trinchera, pues ésta le llegaba a media pantorrilla, dos centímetros
aproximadamente más larga que la falda.
Aparentaba
tener unos diecinueve años, y estudiaba en el City College de Santa Mónica. Era
una joven bonita, pudiéndola llamar hermosa. Iba sola... y estaba muy asustada.
Eran las once y
media de una noche de octubre. Había ido al cine con su novio, con quien estaba
más o menos comprometida, aunque no oficialmente. Después de haber comido unas
salchichas y tomado café a la salida, de pronto y violentamente, habían
discutido, aunque de todas formas, ella sabía que no tardarían mucho en hacer
las paces. Pero por aquella noche, le daría una lección para que le sirviera de
experiencia.
Así pues, le
había dejado plantado.
Cuando había
andado ya media manzana, en dirección opuesta a donde había dejado aparcado
aquella noche el auto, él la alcanzó, agarrándola por un brazo, pero la
muchacha le amenazó con llamar a un policía si no la dejaba, cosa que indignó
tanto al muchacho que se marchó.
Entonces, al
encontrarse realmente sola, comenzó a asustarse.
Las dos
películas que acababan de ver eran de «suspense». Una de ellas trataba de «Jack
el Destripador», un tipo criminal que asesinaba a las chicas en la calle, a
altas horas de la noche.
De todos modos,
no tenía que andar mucho para llegar a su casa, sobre todo si emprendía el
camino más corto; el cual no se podía recorrer en el auto, porque se debía
atravesar la parte más estrecha del parque, entre la Avenida del Océano y la
empalizada, y entonces bajar unas escaleras rocosas, que conducían, bajo un
peñasco, a la carretera de la Playa de Palisades. Vivía con sus padres, a dos
manzanas del final de aquellas escaleras, entre la carretera y el mar.
No tenía por
qué asustarse, y más con el Boulevar de Santa Mónica tan espléndidamente
iluminado. Sin embargo, lo que la atemorizaba era el último trecho, tan
solitario... hacia aquella escalera angosta del parque. Si al bajar se
encontraba con Jack el Destripador subiendo, estaría atrapada. Aunque las escaleras
estaban iluminadas, ¿en un caso así, de qué le serviría?
Al llegar a la
esquina de la calle Segunda, vio la farmacia abierta. Vaciló. Tenía la última
oportunidad de no andar la parte más peligrosa. No llevaba dinero para pagar un
taxi, pero sí algo suelto para telefonear a que vinieran a recogerla. Sin
embargo, a su casa no podía llamar, ya que su padre estaba convaleciente.
Acababa de salir del hospital, después de haber sufrido una operación de
apendicitis, y aún no le permitían conducir el auto. Por otra parte, su madre,
además de no saber conducir, cuando se enterara de lo sucedido con Jim,
probablemente daría mas importancia al caso de la que realmente tenía, e
intentaría hacerla desistir de sus relaciones con él, cosa que ella no pensaba
hacer. Sólo había querido darle una lección para hacerle comprender que también
ella era sensible. Fue una estúpida por haberlo hecho, y ahora lo comprendía.
Pero nada iba a
ocurrirle, se dijo a sí misma. Y resueltamente, emprendió el camino por el
último bloque del Boulevar, y cruzó la Avenida del Océano y el trozo del
parque. Éste estaba brillantemente iluminado, al igual que las escaleras. No
tenía nada que temer.
Empezó a
descender las escaleras. Había bajado solamente una docena de peldaños, cuando
vio que subía hacia ella un hombre. Se paró indecisa, temblando ligeramente. Si
continuaba, se encontraría con él en la mitad de la bajada. No. Era mejor
detenerse allí, lo bastante cerca del principio para poder retroceder si
parecía algo sospechoso.
Para disimular
el haberse detenido, abrió el bolso y buscó los cigarrillos; sacó uno, se lo
puso en los labios, y comenzó a buscar las cerillas, para hacer tiempo.
Entonces, miró
directamente hacia él.
Le faltaba
media docena de peldaños para llegar a ella; le vio por encima de la llama de
la cerilla que acababa de encender, y simuló que hasta entonces no se había
dado cuenta de su presencia.
Era un hombre
grueso, alto y... oh. Dios mío, tenía la cara redonda, negra y estúpida, con
unos ojos pequeños de cerdo y... De pronto, le sonrió, mostrando unos
descoloridos v horribles dientes de los que le faltaba uno. Dio un paso más
y...
La muchacha se
dio la vuelta rápidamente y retrocedió escaleras arriba. A sus espaldas, oía
unos fuertes pasos. Iba alcanzándola con asombrosa rapidez, a pesar de ser un
hombre tan gordo. Pero no era solamente asombro lo que ella sentía, sino
espanto, verdadero terror.
Tan pronto
llegó arriba, empezó a correr por el solitario parque, chillando con toda la
fuerza de sus pulmones... eran chillidos de terror. Por fin, el hombre la
alcanzó. Sus monstruosas manos se cerraron alrededor de su cuello y los dos
cayeron pesadamente sobre la hierba.
Sus gritos
fueron ahogados, pero ahora se oía otro alarido: el de la sirena del coche de
la Policía. Seguramente, los hombres que iban en él la habían oído. Aún pudo
ver el reflector rojo del coche, cuando se detuvo a su lado. Pero fue lo último
que vio. Llegaron demasiado tarde, por sólo uno o dos segundos...
En la sala de
interrogatorios de la estación de policía de Santa Mónica, tres guardias
interrogaban un hombre torpe y grosero. Estaba sentado entre dos policías de
uniforme. El teniente se paseaba, furioso, ante él, y la cabeza de aquel
corpulento hombre se movía de un lado a otro, siguiendo los pasos del policía.
El teniente se
golpeaba furiosamente la mano:
—¡Al infierno,
Benny! ¿Por qué? Díme, ¿por qué lo has hecho?
El policía se
detuvo, pero la cabeza negra y fea llamada Benny seguía moviéndose de un lado a
otro, como lo había hecho hasta entonces, pero ahora en una pausada y confusa
negativa. Benny no rehusaba el contestar; pero no sabía cómo hacerlo, ante
aquel hombre que había sido antes su amigo y ahora estaba trastornado y
furioso.
—Benny, piénsalo.
Deja de preocuparte... Yo solamente trataba de asustarte cuando te dije que te
llevarían a la cámara de gas. No creo que lo hagan, aunque no soy yo quien debe
decidirlo. Pero seguramente tendrás que quedar recluido para el resto de tu
vida. ¡Maldita sea, Benny! Quiero que me digas por qué la mataste. Nosotros
siempre hemos sabido que no eras... bien, normal, y por esta razón te hemos
vigilado, pero siempre creímos que no nos darías ocasión de arrestarte. Hasta
esta noche, Benny. Hasta esta noche, no nos habías causado ninguna molestia. Tú
nunca habías robado ni un chicle, y yo hubiera jurado que no eras capaz de
matar ni a una mosca... Todos nos otros íbamos a limpiarnos los zapatos a tu
tienda, y eras nuestro amigo...
—¿Por qué has
hecho esta locura? ¿Conocías a esa joven? ¿La habías visto anteriormente?
La cabeza de
Benny seguía moviéndose de un lado a otro, negativamente.
—¿Por que,
Benny? ¿Por qué la has matado? ¿Por qué? ¿Por qué?
La cabeza de
Benny dejó de moverse, y sus ojos se quedaron fijos en el suelo.
Ahora estaba
pensativo, tratando de recordar.
Finalmente,
encontró las palabras, y dijo:
—Ella...
—meditó unos segundos, hasta que encontró la respuesta:
—Ella corrió.
FIN
Edición
digital: J.M.C.M.